lunes, 25 de febrero de 2013

Mientras ella dormía...


Cerré los ojos para que creyera que estaba durmiendo.
Primero el ojo derecho y luego el izquierdo...
abriéndolos disimuladamente para que no descubiera
la voyeurista fascinación que tengo de verla.

Totalmente seguro de que inmersa en un sueño estaba,
mi mirada recorría su rostro, la delicadeza de sus pestañas;
la líneas de su cadera, el murmullo de su respiración,
la perfección de su espalda y en su pecho la crepitación.

Allí estaba yo, unido a ella, como fundido a su cuerpo,
deseando que el momento fuera ilimitadamente eterno.
Y la frustración de saber que pierdo todas esas manañas
en las que sus aromas son más fragantes y atrapan.

Una frase, la frase que quiero decirle...
pero todavía no, cuando despierte.
Despertó pero no la pronuncié de inmediato.
Disfruté esa mañana y cocinamos en la tarde.

La invité a nuestro refugio,
y las miradas se cruzan retando
el vertiginoso pasar del tiempo,
sin tregua con nuestro fuego.

Era el momento...
¿Se lo digo o mejor me callo?
¿Le gustará o se asustará?
Ah, es el momento:
"La amo..." Te amo.

Hoy no logramos leer ésto: Los Cuentos de Eva Luna, de Isabel Allende.

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